Comunicarnos

Comunicarse es mucho más que hablar.

Desde el nacimiento nos comunicamos con todo el cuerpo. Una mirada, un gesto, una sonrisa, un llanto, una postura, un movimiento, una expresión de enojo, una fotografía señalada o una mano que busca otra son maneras de decir.

Todas las personas tienen algo para comunicar. Cada una lo hace de maneras diferentes y con los apoyos que necesita. La comunicación no depende solamente de quien intenta expresarse; también se construye con la disposición de quien escucha, observa, espera e intenta comprender.

Con frecuencia pensamos que el desafío consiste en enseñar a la persona a comunicarse. Sin embargo, muchas veces el verdadero desafío es que quienes la acompañamos aprendamos a reconocer, interpretar y dar valor a aquello que ya está comunicando, aunque no utilice palabras.

La comunicación se construye en la vida cotidiana. Al preparar una comida, elegir una canción, salir a caminar, compartir un juego o simplemente estar juntos, se crean oportunidades para intercambiar, comprenderse y fortalecer el vínculo. No hace falta esperar un momento especial para comunicarse: cada encuentro puede convertirse en un espacio de diálogo.

Comunicarse requiere un otro disponible. Alguien que respete los tiempos, que comprenda que algunas personas necesitan más tiempo para procesar la información, responder o expresar lo que sienten, desean o necesitan. Escuchar también es saber esperar.

Quienes acompañamos también comunicamos permanentemente. Lo hacemos con el cuerpo, la mirada, la voz, los silencios, el ritmo con que hablamos, la cercanía, el tono y la manera en que respondemos. Nuestro modo de estar con el otro puede facilitar o dificultar la comunicación.

Aun cuando una persona no utilice el lenguaje oral, es importante hablar con ella y no solamente sobre ella. Con frecuencia, la ausencia de lenguaje verbal lleva a suponer erróneamente que tampoco comprende o que no puede participar de las conversaciones. Sin embargo, no siempre podemos saber cuánto comprende una persona a partir de lo que logra expresar. Conversar, narrar lo que sucede, nombrar personas, objetos, emociones y experiencias cotidianas favorece la comprensión, construye significados compartidos y fortalece el vínculo. Es una manera de reconocer que su presencia, sus gestos, sus elecciones y sus formas de expresarse merecen ser reconocidas, escuchadas y comprendidas.

También existen formas de expresión con la voz o con el propio cuerpo que pueden resultarnos extrañas: gritos, repeticiones, ecolalias, palabras inventadas, vocalizaciones o incluso algunos sonidos o acciones que no solemos considerar parte de la comunicación. Antes de intentar corregirlas o silenciarlas, vale la pena preguntarnos qué pueden estar expresando o si constituyen una manera particular de comunicar una emoción, una necesidad o una forma de relacionarse con el entorno. Comprenderlas no siempre es sencillo, pero intentar darles sentido también forma parte de la comunicación.

Porque la comunicación no consiste solamente en transmitir información. Es una construcción compartida. Es la posibilidad de encontrarnos con otro, comprendernos mutuamente y construir vínculos donde cada persona pueda sentirse escuchada, reconocida y valorada.

Scroll al inicio