Cuando los vínculos permanecen

Ayer fui por última vez al Centro de Día.

No era una visita cualquiera. Iba a firmar la baja de Julia después de dos años de concurrencia.

Mientras esperaba, miraba el movimiento del lugar. Todo seguía igual. Las profesionales iban y venían. Los grupos continuaban con sus actividades. Miraba las paredes, los carteles…

Sentí un poco de tristeza.

No era solamente cerrar un trámite.

Era despedirme de madrugones, de transportes que no llegaban, de reuniones, de llamados, de informes, de intentos para que las cosas funcionaran. Horas y días de sostener una rutina con la esperanza de que ese fuera su lugar.

Cuando me entregaron sus pertenencias —ropa, un plato, algunos objetos ya gastados por el uso— sentí algo extraño. En mis manos, esos objetos habían cambiado de significado. Encarnaban el final.

Una de las asistentes, María, quizá la que mejor comprendió a Julia, se acercó y nos dimos un abrazo.

Me volví a casa caminando con mi bolsa de «símbolos». Una idea no dejaba de rondarme.

En discapacidad hablamos mucho de vínculos.

Se dice que son fundamentales. Que hay que construirlos, fortalecerlos, sostenerlos.

Pero muchas veces esos vínculos parecen durar exactamente lo que dura la prestación.

Los compañeros suelen dejar de verse.

En raras excepciones las familias se encuentran.

Los profesionales continúan acompañando a otras personas.

Y la vida continúa. Buenos Aires es larga y ancha…

Entonces entendí por qué estaba conmovida.

Porque para Julia no es así.

Ella todavía nombra a compañeros que no ve desde hace muchísimos años.

Recuerda terapeutas.

Habla de maestros.

Y pensé que tal vez ella entiende los vínculos mejor que nosotros.

Para nosotros, muchas veces, un vínculo termina cuando aquello que nos unía deja de existir.

Para Julia, no.

En su mundo, las personas que fueron importantes no desaparecen.

Siguen existiendo.

Quizá por eso me conmovió tanto esa despedida.

No porque esperara algo.

Sino porque comprendí que una institución puede terminar, pero un vínculo no depende solamente de un expediente, de una autorización o de un módulo de prestación.

Los vínculos no son transacciones.

Las personas tampoco.

Quizá ese sea uno de los desafíos que todavía tenemos por delante: construir comunidades donde los vínculos no dependan de una prestación, sino de las personas.

Porque las prestaciones terminan. Las personas permanecen.

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