Cuando aprendemos algo nuevo, no partimos de cero. Cada persona se acerca desde un entramado particular de experiencias, percepciones y aprendizajes. La nueva información se relaciona con aquello que ya forma parte de ese entramado y se construye a partir de allí.
¿Qué sucede, entonces, cuando esa manera de percibir, organizar y relacionar la información es diferente?
Esta pregunta resulta especialmente importante cuando acompañamos el aprendizaje de una persona con discapacidad intelectual.
Si el punto de partida es diferente, también pueden ser diferentes los procesos mediante los cuales comprende, relaciona y construye nuevos conocimientos.
Por eso, acompañar el aprendizaje no consiste solamente en adecuar los contenidos, adaptar los tiempos, utilizar un lenguaje claro, ofrecer apoyos visuales o concretos, dividir una actividad en pasos y buscar distintas formas de facilitar la comprensión.
Todo esto es importante. Pero si nuestra mirada se concentra solamente en la adecuación, podemos estar considerando solo una parte del proceso.
Cada persona tiene intereses, experiencias y formas particulares de relacionarse con el mundo. Aquello que despierta su curiosidad puede convertirse en un punto de conexión para nuevos aprendizajes.
Esto no significa limitar lo que enseñamos a aquello que le gusta. Significa reconocer que el interés puede ser una puerta de entrada a nuevos conocimientos.
Por eso, además de preguntarnos qué apoyo necesita una persona para comprender algo, podríamos preguntarnos:
¿Desde dónde está intentando comprenderlo?
¿Qué conoce?
¿Qué experiencias tuvo?
¿Qué relaciones puede establecer con aquello nuevo?
Y hay algo más que merece nuestra atención: el vínculo. Conocer a la persona permite reconocer sus intereses, sus experiencias y aquello que puede ayudarla a establecer nuevas relaciones. La confianza, el afecto y el interés por el otro también forman parte de las condiciones desde las cuales se aprende.
Aprender a comunicarse, desplazarse, elegir o desenvolverse con mayor autonomía es importante. Pero también lo es ofrecer oportunidades para conocer aquello que puede ampliar su experiencia del mundo.
Una historia, una canción, una obra de arte, conocer un animal, visitar un lugar o descubrir cómo funciona algo pueden no tener una utilidad inmediata. Sin embargo, pueden despertar una pregunta, un interés y abrir un nuevo camino de conocimiento.
Y esto no debería terminar con la escolarización. La capacidad de aprender permanece abierta a lo largo de la vida. Sin embargo, muchas veces las oportunidades se reducen cuando termina la etapa escolar, como si ya no hubiera nuevos conocimientos por construir.
Adaptar los contenidos no debería significar reducirlos, sino buscar la manera de ampliarlos y hacerlos accesibles.
Quizás se trate, justamente, de construir puentes entre lo que una persona ya conoce y aquello que todavía puede llegar a conocer.