El Liceo 1 de Señoritas

Cuando empecé la secundaria todavía gobernaban los militares. La entrada a la escuela parecía una cárcel. Para subir a las aulas, teníamos que pasar todas en larga fila por delante de la jefa de preceptoras. La Pantera, le decían. Y sí, tal cual: ¡qué bien le quedaba ese nombre!, con su pelo negro estirado y recogido y esa postura felina, siempre al acecho.

Controlaba una a una que ninguna estuviera maquillada, que no llevara el delantal por encima de las rodillas y, menos aún, pantalones, prohibidos en aquella época en las oficinas públicas. Comenzaba el furor de las minifaldas: ¡una inmoralidad!

A las más grandes solía obligarlas a bajarse los ruedos o a lavarse la cara. Nosotras, que veníamos de la primaria, estábamos muertas de miedo.

¡Qué tiempos! En fin.

Un día llegó al aula una alumna nueva, cayó como un paracaídas. Todas nos quedamos muy extrañadas y sorprendidas. Era diferente. No la presentaron; simplemente le indicaron que se sentara adelante, en un banco, sola.

Caminaba con dificultad, pero podía escribir. No hablaba, más que con sonidos que, después, al conocerla, podían entenderse. Siempre llevaba un pañuelito en la mano para limpiarse la baba.

Cuando estaba contenta tenía una sonrisa enorme y se encendía. Creo que tenía un temperamento más alegre que el mío.

Lamentablemente, no recuerdo su nombre ni muchos detalles, pero sí recuerdo la bronca que me daban ciertas situaciones.

Primero, los profesores. Cada uno respondía con sus propios prejuicios y temores. El denominador común era siempre el mismo: rechazo, explícito o velado. ¿Qué hacía esa chica ahí?

Algunos la ignoraban, como si no existiera; otros la aprobaban sin más. Otros, por el contrario, se ensañaban en exigirle y humillarla frente a todos, para que no quedara duda: ese no era su lugar. Una mezcla de lástima, fastidio y, siempre, incomprensión.

Y tal vez esa bronca me hacía acercarme a ella, a vencer mis propios miedos y demostrarle amistad.

Con las chicas tampoco fue fácil. Siempre hablando por detrás: que era acomodada, que tenía influencias con el rector, que su madre esto y aquello, y fantasías de todo tipo.

Ella seguía imperturbable. Trataba de compensar como podía, de agradar a todos: hacía regalos, compraba golosinas en el kiosco durante el recreo largo y, en general, muchas se aprovechaban.

No recuerdo mucho más. Ni cuánto tiempo estuvo, ni cuándo se fue del colegio.

Había llegado a una escuela secundaria que evidentemente no estaba preparada para recibirla. Simplemente la habían dejado allí, sin saber muy bien qué hacer con ella. Nadie parecía saber bien qué hacer ni cómo actuar.

¿Qué idea tendría su madre? ¿Era una precursora? ¿Estaba equivocada? No lo sé. Lo que sí parecía evidente era que quería a su hija y buscaba algo diferente para ella, en aquellos años en que casi no había nada.

Seguramente su presencia dejó una huella en todos, sin saberlo.

Cómo siento no recordar su nombre.

Y un día, caminando por la calle Santa Fe, me las encontré: a ella y a su madre. Ella estaba linda, elegante. Iban las dos tomadas del brazo y enseguida me reconocieron.

Su mamá me dijo unas palabras muy lindas y que me recordaban con cariño.

Me fui caminando un poco emocionada, con una mezcla de dolor y gratitud.

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