Cuando empecé la secundaria todavía gobernaban los militares. La entrada a la escuela parecía una cárcel. Para subir a las aulas, teníamos que pasar todas en larga fila por delante de la jefa de preceptoras. La Pantera, le decían. Y sí, tal cual: ¡qué bien le quedaba ese nombre!, con su pelo negro estirado y recogido y esa postura felina, siempre al acecho.
Controlaba una a una que ninguna estuviera maquillada, que no llevara el delantal por encima de las rodillas y, menos aún, pantalones, prohibidos en aquella época en las oficinas públicas. Comenzaba el furor de las minifaldas: ¡una inmoralidad!