Recuerdo las fiestas de fin de año en la casa de mi tía abuela, una italiana hermosa que cocinaba como los dioses. Yo era muy chiquita y nunca olvidaré esas fiestas.
La mayoría se quedaba a dormir, como se podía: en el patio, en reposeras, donde hubiera un lugar. Y al levantarnos ya estaban oreándose sobre la mesa larga los ravioles caseros que había hecho la tía. ¡Qué trabajo, mi Dios! ¡Y ese olorcito a tuco… mm…!
Los chicos jugábamos como locos y, entre charlas, escuché hablar de una chica que vivía en la casa de enfrente y que no salía a la calle.
Yo no entendía bien. Se hacían los misteriosos. Decían que era boba, que era “mogólica”. Yo me imaginaba una especie de monstruo. No sé, ¿sería peligrosa? Por algo la ocultaban. Me daba tanto miedo como curiosidad.
Pasaron los años. Los tíos murieron y con mi mamá íbamos todos los sábados a la casa de Devoto, a visitar a la prima Rosita. Ella era costurera y mi mamá la ayudaba. En esa casa grande, llena de recuerdos, macetas y terrazas que para mí eran inmensas, yo pasaba las tardes jugando sola.
Y nunca dejaba de mirar, en algún momento, la casa de enfrente.
A veces hasta me cruzaba y miraba por la ventana.
Ya era más grande y entendía más, pero seguía intrigada. ¿Por qué no salía? ¿Por qué la escondían? ¿Estaría presa?
A veces Rosita hablaba de la pobre madre y de “su cruz”.
Hasta que un día la vi en el zaguán.
Era una niña grande, redonda, con una cara dulce.
Y no tenía nada de monstruo.
Hoy, tantos años después, puedo entender algo de aquello que entonces no podía.
Claro, eran los años sesenta. La discapacidad se escondía y, cuando se trataba de una persona con síndrome de Down, muchas familias lo vivían como una vergüenza profunda, una carga, una culpa o hasta un castigo.
La diferencia estaba a la vista. Los rasgos los delataban y no había manera de disimularlos. Incluso se llegó a intentar modificar esos rasgos mediante cirugías. Quizás por eso el estigma era todavía más cruel.
“Mogólico” era una palabra que se decía con una facilidad terrible. Había dejado de nombrar una condición para convertirse en un insulto. Y, aunque hayan pasado tantos años, todavía se escucha.
Por suerte, muchas cosas fueron cambiando. Ya no es necesario esconder a una persona con discapacidad detrás de una ventana. Puede estudiar, trabajar, tener amigos, enamorarse, participar de la vida familiar y de la comunidad. Las barreras siguen estando, sí. Porque la discapacidad no está solamente en la persona: también está en las puertas que se cierran, en las oportunidades que no llegan, en las miradas que excluyen. Y esas barreras pueden cambiar.
Pienso en aquella chica de enfrente, a la que durante tantos años imaginé detrás de una ventana.
Yo creía que ella estaba escondida porque había algo extraño en ella.
Con el tiempo entendí que lo extraño estaba en otro lado.