Julia, de bebé, era muy tierna. Tengo grabada su imagen en la incubadora. Tenía la carita redonda. Toda ella, redondita. Era imposible no quererla.
Había nacido con síndrome de Down y cataratas. Más adelante la operaron y pudo ver con lentes de contacto.
Nos fuimos conociendo de a poco, entre viajes, esperas en consultorios, estudios e intervenciones: por la voz, las caricias, los sonidos. Apoyaba su carita contra la mía, me tocaba, sonreía y hacía sonidos.
Julia no daba besos. Cada vez que la acostaba, la besaba. Así lo hice una y otra vez durante meses, durante años.
Pero un día ocurrió.
Julia me dio su primer beso.
Delicado. Sentido.
Jamás lo voy a olvidar.